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DEL ARBOL NACE LA HOJA, DEL TALLO NACE LA FLOR DIME TU DE DONDE NACE EL AMOR, NACE DE UNA ILUSION, SE ALIMENTA DE BESOS Y MUERE DE UNA TRAICIÒN

EL ANILLO QUE ME DISTE, SE ROMPIO EN MIL PEDASOS, MI CORAZON AL VERTE EN OTROS BRAZOS SE HIZO MIL PEDASOS


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Favio López Villanueva

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FAVIO LOPEZ VILLANUEVA

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Resumen

09/04/2007

EL ORIGEN DEL MAL Y DEL DOLOR

EL ORIGEN DEL MAL Y DEL DOLOR 

Muchos observan la obra del mal con sus desgracias y su desolación, y se preguntan como puede existir esto bajo la soberanía de uno que es infinito  en sabiduría, poder y amor. Los que son propensos a la duda dicen esto como una excusa para rechazar las palabras de las Sagradas Escrituras. La tradición y las falsas interpretaciones han oscurecido la enseñanza de la Biblia concerniente al carácter de Dios, la naturaleza de su gobierno y los principios que rigen la forma en que él se relaciona con el pecado.

 

Es imposible explicar el origen del pecado con objeto de dar una razón de su existencia. Sin embargo puede entenderse lo suficiente con respecto a su iniciación y a la situación final del pecado como para que resulte plenamente manifiesta la justicia y la benevolencia de Dios. Dios de ninguna manera es responsable del mal; él no ha retirado arbitrariamente la gracia divina, ni ha habido deficiencia en el gobierno de Dios que diera ocasión a la rebelión. El pecado es un intruso para cuya presencia no puede darse ninguna razón.  El excusarlo seria defenderlo. Si se pudiera encontrar una excusa para el mismo, dejaría de ser pecado. El pecado es el desarrollo de un principio que está en guerra con la ley de amor, la cual es el fundamento del gobierno divino.

 

Antes de la entrada del mal había paz y gozo en todo el universo. El amor de Dios era supremo, y el amor mutuo entre los seres era imparcial. Cristo, el Hijo unigénito de Dios, era uno con el Padre eterno en naturaleza, en carácter, en propósito: el único ser que podía entrar en todos los consejos y los propósitos de Dios. “Porque por él fueron creadas todas las cosas, en los cielos[…], ora sean tronos, o dominios, o principados, o poderes” (Colosenses 1:16,VM).

Siendo la ley de amor el fundamento del gobierno de Dios, la felicidad de todos los seres creados dependía de su armonía con sus principios de justicia. Dios de ninguna manera se complace en una lealtad forzada, y concede a todos libertad de elección, a fin de que puedan rendirle un servicio voluntario.

Pero hubo uno que escogió pervertir esta libertad. El pecado lo originó uno que, siendo el primero después de Cristo, había sido el más honrado por Dios. Antes de su caída, Lucifer era el primero de los querubines cubridores, santo e incontaminado.

“Así ha dicho Jehová el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura […]. Tú querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviese; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad […]. Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor. “Pusiste tu corazón como corazón de Dios.” “Tú que decías […] subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré […], sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al altísimo” (Ezequiel 28:12-17; 28:6; Isaías 14:13,14).

Codiciando el honor que el Padre había otorgado a su Hijo, este príncipe de los ángeles aspiró, a poseer un poder cuyo ejercicio era privilegio exclusivo de Cristo. Una nota discordante ahora echó a perder la armonía celestial. La exaltación del yo despertó presentimientos de mal en la mente de aquellos para quienes la gloria de Dios era suprema. Los concilios celestiales intercedieron ante Lucifer. El Hijo de Dios presentó delante de él la bondad y la justicia del Creador y la naturaleza sagrada de su ley. Al apartarse de ella, Lucifer iba a deshonrar a su Hacedor y traer ruinas sobre sí mismo. Pero la amonestación solamente despertó resistencia. Lucifer permitió que prevalecieran sus celos contra Cristo.

El orgullo alimentó su deseo de supremacía. Los altos honores conferidos a Lucifer no despertaron un sentimiento de gratitud al Creador.

Él deseaba ser igual a Dios. Pero el Hijo de Dios era el soberano reconocido del cielo, uno en poder y autoridad con el Padre. Cristo participaba en todos los consejos de Dios, mas a Lucifer no se le permitía entrar en los propósitos divinos. “¿Por qué preguntó este ángel poderoso debe Cristo tener la supremacía? ¿por qué él resulta honrado de esta manera sobre Lucifer?”…

  
Lunes, 09 de Abril de 2007 21:21. Autor: flavio lopez v.. No hay comentarios. Comentar.




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